08 agosto, 2008

No sé por qué debe morir



No sé por qué debe morir

Alberto E. Mazzocchi


Colección poesía -Edición Especial Número 1-

160 Páginas

Edición al cuidado de Iván Wielikosielek.


El Evangelio según Mazzocchi

Por Iván Wielikosielek

(fragmento del Apéndice del libro)

“Cuando el otoño golpeó con sus puños el alma y las calles dejaron pasar a los mendigos; cuando una vez más cayó la tarde con su viejo olor a lluvia en el impermeable de los pobres y la soledad se sentó en todas las sillas rojas de los bares, los poemas de Alberto E. Mazzocchi volvieron a leerse…”

“Volvieron los poemas de Mazzocchi al país de la lluvia.

Volvieron a imprimirse en el suelo y en los libros, volvieron a grabarse en el disco de las almas hundidas y en la plancha metálica de los corazones solitarios como un tatuaje indeleble...”

"He salido a buscar el misterio para vivir", dicen unos versos quietamente desesperados; mientras que otros, de un tono desesperadamente quieto, rezan que "Todo ha perdido su misterio/ en este horrible y ceniciento lecho de la lluvia".

Quizás esta sencilla antítesis entre lo que la poética de Mazzocchi sale a buscar y la desazón que su condición humana finalmente encuentra, sea una buena síntesis del péndulo que lo movió por el mundo.

Porque si algo podemos decir de Alberto E. Mazzocchi hombre, es que anduvo por la tierra con la loca sed de habitarla poéticamente. Y esa estética de existir dejó de ser estética para volverse acto religioso, credo y duda, sermón y herejía, poema y sentencia, verso y parábola, disolución en el abismo y resurrección de la piel, cruz de muerte y cruz de vida.

Y fue esa doble cruz justamente la que un día aceptó cargar. Porque a sus ojos de muchacho pobre y con un dios perdido, era el único camino posible para salvar lo más preciado de sí. Ese algo que aunque "aún no le habían dado" era suyo: lo más personal y lo más íntimo de su ser.

"Quiero ser lo que tengo, lo que llevo; aunque sea malo; pero es mío,/ mío mío mío mío mío mío", escribirá.

Y esa cruz transformará a Alberto E. Mazzocchi poeta en ese mesías que el otro Alberto E. Mazzocchi, el hombre, esperaba con el dolor de existir entre sus manos juntas de pobre.

Y esa cruz hará de su obra poética un evangelio, un mensaje sin tiempo ni fronteras; un testamento del cielo y de la tierra en la que habitó durante veintidós años, cuatro meses y dos semanas.

"Sin embargo, lo que está más adentro de la tierra es el dolor/ y yo estoy allí, en el fondo de la tierra,/ pero no espero ningún redentor : / Quiero el dolor porque es mío, porque soy yo,/ yo soy el dolor,/ porque yo soy el que siente, el que tiene sangre/ el sudor, las lágrimas, el llanto que es lo más humano,/ lo que tiene más vida, lo que no muere./ Puedo huir, desencadenarme, pero la libertad está en el sufrimiento/".

Y este poema tiene un título que también podría ser leído como un epitafio; "Para nadie, para mí mismo que después quedo solo".

“No seré el primero ni el último a quien, por algún designio del azar, le caiga en manos la poesía de Alberto E. Mazzocchi.

Tampoco seré el primero ni el último de aquellos que, habiéndose quedado con la brutal resonancia de sus versos en la sangre, haya salido a buscar al poeta y sólo haya encontrado el rastro apagado de un fantasma.

Para todos los que se aventuren a cruzar el umbral de estos versos y salgan luego a buscar a su autor, les diré que apenas si quedan apagados ecos de su paso por el mundo…”

“En todo caso hubo una sola persona sobre la Tierra que ocupó el cargo de guardián absoluto de estos versos, y sin cuyo celo estos textos no hubiese atravesado casi medio siglo de indiferencia mediterránea. Esa persona fue el escritor Federico Undiano. Y si algún valor tiene este libro para la literatura de Córdoba y las famosas "generaciones venideras" (que de seguro se ocuparán de asuntos más pragmáticos y lucrativos que "la poesía de un suicida") es a él y sólo a él a quien hay que darle las gracias. Aunque sus ojos, el único par de ojos que parecen haber visto a ese que "realmente" fue Alberto E. Mazzocchi, estén enterrados en un campo de la provincia de Córdoba tras su muerte parisina; ocurrida hace ya más de ocho años. Sus ojos cerrados que duermen para siempre en aquel casco de estancia donde alguna vez Mazzocchi vivió diez días y de cuyo ámbito natural y familiar se sirvió para escribir, pocos meses después, "No sé por qué se debe morir". Ahí yace Federico, quien se llevó al más allá la única placa fotográfica posible de Mazzocchi, la del poeta y del hombre. Para todos los demás, apenas si nos habrá quedado el fantasma del primero y el testamento hecho poemario del segundo.

Quizás a estas dos maneras de continuidad tan palpable como inmaterial se reduzca toda vigencia; la eterna perdurabilidad de todo Evangelio”.

*

Olvidaba decirte

que el mar guarda el secreto

que yo no escribí en las piedras mi nombre

ni dejé a propósito una huella en el suelo

encontré la verdadera tristeza en estos cadáveres de pájaros

pero si también he apartado la arena

fue por algo

no temas que las hierbas divulguen mi muerte

las hierbas guardan el secreto

y si he perdido alguna medalla hace mucho

en ellas no hay ninguna leyenda

no temas que en las medallas se diga algo de mi muerte

las medallas son demasiado pequeñas

para escribir en ellas una leyenda

las gaviotas no saben nada

saben de sus nidos y del día

y del alimento que flota en el agua

pero tú sabes que muchos bosques han desaparecido

pero en esos caminos lo único que puedes hallar

es la soledad

no temas

es la soledad que se nutre

y no mi manto ni mi blusa

ni un cabello mío que ha quedado en alguna rama

el viento también guarda el secreto

si inclina los árboles las ramas altas de los árboles

y desparrama las hojas pequeñas de los pinos

o si despeina un niño pobre

o si sacude la falda de una mujer pobre

no es para decir mi nombre

la noche está allá en el barranco

donde estuvo siempre allá en el barranco

este mar guarda el secreto

no dirá a nadie que he muerto.

*

EPÍSTOLA A DYLAN THOMAS

Te escribiré

que en todos los países hay ríos

mediodías sombras espíritus que se juntan

calabazas llenas de agua para que beban los que se han ido

maderos disecados y extraños de esquifes

donde se aferran las mujeres para llorar

donde sube un cangrejo

diversas muertes que aún no han terminado

medianoches

instintos

máscaras

raíces

nostalgias emponzoñadas que reposan en los vientres

lejos aún de todo incrustadas

árboles que nos recuerdan lo que hemos abandonado

un cocktail distinto todos los días

ruedas de caucho dudas vergüenzas.

Y esto es todo lo que tienes

mientras no hay nadie

y esto es todo lo que tienes

hace tanto que las chovas desveladas han huído

y nada poseías

sólo el frío de tus carnes.

Quédate

ya nunca más

sólo la esperanza necesaria de los pobres.

Estábamos ebrios

desnudos o con las mangas mojadas

así llovía sobre nosotros

y así simplemente éramos hombres

habíamos comido y llorado.

Ahora ya todo está demasiado endurecido

ni los rostros besados.

Te escribiré

que en todos los países hay ríos

y además encontrarás

tu cara de gusano

tatuada en la falda de una mujer inglesa

o en un vaso de cristal.



2 comentarios:

Mister Mendez dijo...

che diego, hiciste al final el fanzine con los dibujos que te mande????

Alan Robinson dijo...

Hola
¿Es posible que me envien este libro por correo? En bs as no se consigue.